Otros ojos

Catrin Welz-Stein, Leaving me speechless
El beneficio que otorga la distancia... La distancia permite el descubrimiento, el descubrimiento provoca entusiasmo y el entusiasmo es contagioso. Una de las pocas cosas que podemos hacer los escritores es contagiar.
Grassa Toro a propósito de su libro Este cuerpo es humano,Thule, 2009, vía Escuela Peripatética de LIJ
Complicidad
Mi padre acostumbraba a decir cuando íbamos en coche al este a principios de verano y ya habíamos conducido por un rato considerable, al menos un trayecto de una hora desde casa, y ya nos habíamos alejado de la ciudad:
-Ahora nos vamos de viaje.
Yo me inclino a creer que era cuando ya había pasado el campo de lupinos. Entonces por un instante miraba a mi madre y ella a él y sonreían, y él acariciaba con suavidad la mano de ella y ponía cara de hombre afortunado.
Audur Ava Olafsdottir, La mujer es una isla. Alfaguara, 2012
Belleza-bálsamo

Joey Chou, Small World Ballons
Mi abuela, sensible a la elegancia y al refinamiento, era toda una esteta. De hecho, fue ella sin duda quien me transmitió el gusto y el amor por las palabras. Me decía a menudo:
-Se debería envejecer con la belleza. O, más bien, la belleza debería ser un alivio para la vejez.
-Es verdad...
-Se deberían ver cosas hermosas, paisajes hermosos, cuadros hermosos. He visto tantos horrores en mi vida... ¿por qué tengo que asistir ahora al espectáculo de la degradación ajena?
¿Qué podía yo decir a eso? Tenía razón.
David Foenkinos, Los recuerdos. Seix Barral, 2012
Hambre

Daryl Zang, Cared For I
El niño sin vida recibió el nombre de Michel. A mi abuela no le dio tiempo a deprimirse. Tenía que trabajar, ocuparse de sus otros hijos, y al poco tiempo volvió a quedarse embarazada. Siempre me ha parecido extraño, pero a ese niño también lo llamaron Michel. Mi padre es el segundo Michel, y se construyó a sí mismo sobre el fantasma de su predecesor que nació muerto. No era raro en aquella época que a un niño se le diera el nombre de un muerto. Muchas veces en mi vida he tratado de acercarme a mi padre, pero ya he abandonado todo intento, toda esperanza de lograrlo. Siempre he achacado su huida incesante al fantasma con el que cohabitaba. Siempre buscamos razones para la estrechez afectiva de nuestros padres. Siempre buscamos razones para la falta de amor que nos corroe por dentro. A veces sencillamente no hay nada que decir.
David Foenkinos, Los recuerdos. Seix Barral, 2012
Lo escaso

Stefano Vitale, Maternidad
Ocurre a veces que el amor que un niño siente por un familiar es inversamente proporcional a su presencia.
David Foenkinos, Los recuerdos. Seix Barral, 2012
Moverse del vestíbulo

Pierre Mornet, Primavera
No tardaría en enterarme de lo que le ocurría a mi madre. Yo no había visto venir nada. En el fondo, criticaba la estrechez afectiva de los demás, pero podía empezar a preguntarme si yo mismo, bajo mi apariencia de preocupación por el prójimo, no tenía también tendencia a ir por la vida de manera más bien autónoma. Yo, y sólo yo, era responsable de esa soledad tan mía, que constataban con regularidad. Era hijo de mi época, ese tiempo en que ninguna idea es ya lo bastante fuerte para vincularnos unos a otros. La guerra, la política, la libertad e incluso el amor son luchas que se han vuelto pobres, por no decir inexistentes. Somos ricos, pero lo que poseemos en abundancia no es más que un gran vacío. Y hay algo de comodidad en todo eso, como hay algo de belleza en un adormecimiento progresivo. Mi malestar no resulta ácido. Viaja ligero de equipaje. Al descubrir el sufrimiento de mi madre, todo me parecía coherente; si no había visto nada hasta entonces era porque vivía en el rellano de la realidad.
David Foenkinos, Los recuerdos. Seix Barral, 2012
Hay que seguir, pichón

Daryl Zang, Ferocious
Quiero que sepas que yo nunca perdí la confianza en vos. No porque sea tu madre, porque te conozco muy bien. Porque sé que sos muy capaz y que vas a salir adelante. Te equivocaste mucho como todo el mundo, nada más. Tenés que perderle el miedo al fracaso y empezar a vivir. No hagás las cosas por mí, ni te sientas mal porque no hacés las cosas que se supone que espero de vos. Yo espero que seas feliz. Que hagas lo que te guste. Que te sepas defender en la vida. Que el mundo no te destruya. Yo soy tu madre, Joaco. A mí no me debés nada. Todo lo que hice por vos lo hice por mí, porque sos una parte mía. Ni siquiera me debés la vida. Yo te debo mi vida, pichón, porque vivo por vos.
Susú Pecoraro (Roma), en Roma, de Adolfo Aristarain
Buscar el agua

Michal Lukasiewicz, Tosia & Mania
Los muchachos se asoman a un país arrasado, donde encontrar trabajo resulta una hazaña y sobrevivir, un milagro; pero no asisten de brazos cruzados a la desgracia nacional. El sistema quiso castrar a los jóvenes uruguayos y ellos son los más fecundos. Quiso callarlos, y son los más decidores. Fracasaron quienes prohibieron el agua porque no pudieron, porque nadie puede, prohibir la sed.
Eduardo Galeano
Mujeres y llaves

Georg Hallensleben, La gran casa azul, Juventud, 2005
Se oye a alguien en el pasillo, incluso me parece que llaman débilmente a la puerta. El sopor del sueño comienza en la frente, luego baja a las mejillas, poco a poco siento cómo el mundo desaparece detrás de una gruesa manta de lana a cuadros marrones, siento leche espumosa con miel fluyendo por las venas de mi cuerpo. Alguien me abraza con fuerza, tengo un sueño muy femenino y muy real. Me parece como si la montaña se inclinase imponentemente sobre mí.
Cuando despierto más tarde para ver si el pequeño cuerpo inmóvil sigue respirando, me parece como si alguien cerrase silenciosamente la puerta del cuarto al salir, pero estoy demasiado cansada para apartarme de mi ensueño y levantarme. Aunque considere innecesario cerrar el coche con llave por la noche, recuerdo haber cerrado con llave la habitación.
Mi abuela nunca cerró la casita azul al lado del mar en el este cuando iba al sur, ni tampoco cuando se pasó cinco meses de invierno en la sección de geriatría del centro de salud, para reponerse. No me acuerdo de si alguna vez hubo una llave en la casa, estaba siempre abierta a todo el mundo, siempre un montón de huéspedes de todo tipo: allí llegaban ministros, desdichados de la cárcel de Hraun, coleccionistas de piedras de todo el mundo, y se sentaban en la mesa de la cocina con un café y comían tarta de crema con mermelada.
Audur Ava Olafsdottir, La mujer es una isla. Alfaguara, 2012
My way

Noelle Stevenson, Introvert
Mi visión del mundo puede ser un tapete de ganchillo pero siento que el control que tengo sobre las circunstancias va aumentando. Lo cierto es que me falta muy poco para considerarme una mujer satisfecha.
Audur Ava Olafsdottir, La mujer es una isla. Alfaguara, 2012
