Volver


larson

Jeffrey T. Larson



Ahora, ante el miserable campo de sus antepasados, todo resurgía ante él. También de ahí venían las lágrimas de viejo que había tenido esa mañana en la cama. Siempre se lo había guardado todo para él, aunque lo sintiera furtivamente mientras trabajaba en su jardín o en su viña. Sí, algunas veces eso le había pasado por culpa de un olor, de una luz o de un recuerdo, pero allí, delante de ese paisaje saturado de luz que descubría de nuevo, todas sus emociones acudían a él en un orden incontrolable. Un estremecimiento bajo su piel, extrañamente, lo refrescaba hasta provocar una multitud de descargas eléctricas que excitaban su placer y lo dejaban pasmado. Albert, en medio del campo de su infancia, en ese paisaje milenario, disfrutaba repentinamente de estar vivo.
La imagen de Suzanne lo atravesó. Seguramente también a causa de los efluvios de alhelí que le llegaban a ráfagas. Le gustaba su olor a agua de Colonia cuando ella subía a acostarse y perfumaba toda la cama. Pensó que, cuando muriese, le gustaría ser enterrado en un sudario empapado de ese perfume, lo único que podría llevarse consigo al Más Allá.



Jean-Luc Seigle, Al envejecer, los hombres lloran.

Y sin embargo...


la pregunta del elefante


Kaatje Vermeire.
La pregunta del elefante



Pero el conocimiento no te protege. La vida desprecia el conocimiento; lo obliga a esperar sentado en la antesala, a esperar fuera. Pasión, energía, mentiras: eso es lo que la vida admira. No obstante, todo es soportable si la humanidad entera observa. Lo demuestran los mártires. Vivimos dentro de la atención ajena. Nos volvemos hacia ella como flores hacia el sol.

No hay una vida completa. Hay solo fragmentos. Hemos nacido para no tener nada, para que todo se nos escurra entre los dedos. Y sin embargo, esta pérdida, este diluvio de encuentros, luchas, sueños...


James Salter, Años luz.

Palabras en el cielo

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Pascal Campion



Un festín de amor está comenzando. Todo lo anterior es una especie de prólogo. Ahora son amantes. Los primeros y locos escarceos han terminado. Han consolidado su dominio. Sigue una dicha satánica.
Van a Besançon el fin de semana, llenos de júbilo, vibrantes de pura alegría. La carretera primaveral vuela debajo.
Pasean por el parque, sumergidos en una frescura como de paredes viejas. Los bancos están vacíos. Están solos. A esta hora de la tarde ya no da el sol. El cielo, como si resumiera sus últimas fuerzas, es de un azul cortante y pálido, tan claro que asusta. Es como si hubieran cesado todos los sonidos.
Caminan sin hablar, cadera contra cadera. Dean siente una felicidad completa, absoluta. Los envuelve la oscura fragancia de los árboles. Tienen los zapatos polvorientos. La última luz se apaga.


James Salter, Juego y distracción.

Navegar hacia dentro

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Hans Neumann. 1919



Me gusta el silencio de los marineros. Contiene dentro todas las tragedias del mar y también su fuerza. Antes de zarpar, las luces blancas, rojas y verdes de los pesqueros se reflejaban ya en el agua aceitosa de la dársena. Sonaban los motores y las amuras con nombres de vírgenes o de cofrades, enfilaban la bocana y allí, ante la mar abierta, el patrón decidía si ese día la pesca se desarrollaría por la parte de garbí o de gregal. Era todavía noche cerrada y tumbado en la cubierta yo miraba las constelaciones. Veía sobre mi cabeza el triángulo de verano formado por tres estrellas, Altair, Vega y Deneb. De pronto las olas tomaban una tonalidad de plata vieja y sobre ella poco después un sol todavía muy tierno y blando derramaba el vino. Durante la travesía hablaba con Pere, un viejo marinero encargado de la cocina que murió un día al pie de la caldereta de pescado. En la vertical del mediodía echaba un par de ajos en el aceite hirviendo y en medio del mar parecía que el mundo se volvía a crear en torno al aroma que despedían los salmonetes y los calamares al freírse. La brisa lo llevaba hasta las aguas azules y entonces aparecían los lomos soleados de los delfines y al verlos pensaba: ya que en esta vida me obligan a saltar, trataré de que mi salto sea de delfín.


Manuel Vicent, Verás el cielo abierto.

Dibujar una adivinanza




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Natsuko, 2012. Ikenaga Yasunari.



Ciertas cosas las recuerdo exactamente como fueron. Sólo el tiempo las decolora un poco, como monedas en un traje olvidado. Muchos pormenores, sin embargo, han sido transformados o modificados desde hace mucho tiempo para resaltar otros. Algunos, de hecho, son obviamente falsificados; no por eso menos importantes. Alteramos el pasado para formar el futuro. Pero hay una sustancia real en el dibujo que finalmente aparece y que resiste a todos los demás cambios.

De hecho, existe el peligro de que, si sigo intentándolo, toda la versión de sucesos empiece a desmenuzarse en mis manos como un periódico viejo, y no puedo soportar la idea. El pasado infinito nos penetra y se desvanece. Salvo que, dentro de él, en algún sitio, como diamantes, existan fragmentos que se nieguen a consumirse. Cribándolos, si uno se atreve, y recopilándolos, se descubre el dibujo verdadero.


James Salter, Juego y distracción.

Verano naciente


noche con farolas

Dingyiyi



Y ahora todo ha vuelto a cambiar otra vez. Cada tarde el aire del Callejón se llena de cantos de pájaros: nunca me había percatado de eso. Se llena de trinos, de perfumes estivales, de extrañas visiones fugaces y de presentimientos con el rabillo del ojo, de nostalgias, de tristezas y de esperanzas no definidas.
Esa dulce alteración tiene nombre...


Michel Frayn. Juego de espías.

La Maga


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Barbara Baldi







Escucha en las noches cómo se rasga la seda
y cae sin ruido la taza de té al suelo
como una magia
tú que sólo palabras dulces tienes para los muertos
y un manojo de flores llevas en la mano
para esperar a la Muerte
que cae de su corcel, herida
por un caballero que la apresa con sus labios brillantes
y llora por las noches pensando que le amabas,
y dice sal al jardín y contempla cómo caen las estrellas
y hablemos quedamente para que nadie nos escuche
ven, escúchame hablemos de nuestros muebles
tengo una rosa tatuada en la mejilla y un bastón con
empuñadura en forma de pato
y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestr
y ahora que el poema expira
te digo como un niño, ven
he construido una diadema
(sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve)




Leopoldo Panero, Poema a mi madre (Reivindicación de una hermosura).

Magia cotidiana


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Dingyiyi






Una manera de abrir tus ojos a la belleza cotidiana que no apreciamos es preguntarte a ti mismo: "¿qué pasaría si nunca lo hubiera visto? ¿qué pasaría si supiera que no lo volveré a ver?"
Recuerdo una noche de verano en la que tuve esta sensación muy intensamente.
Era una noche clara sin luna. Un amigo y yo fuimos a un cabo que era casi una isla pequeña, rodeada por el agua de la bahía. Nos tendimos y miramos al cielo y al millón de estrellas que brillaban en la oscuridad.

La noche estaba tan calma que podíamos oír el ruido de las boyas sobre el acantilado más allá de la bahía. Una o dos veces el aire despejado nos trajo una palabra que alguien había dicho en la orilla lejana de la playa.
Unas pocas luces ardían en las cabañas. Aparte de esto no había nada que nos recordara una presencia humana; mi acompañante y yo estábamos solos con las estrellas. Nunca las había visto tan hermosas: el río brumoso de la Vía Láctea fluyendo a través del cielo, los dibujos de las constelaciones, brillantes y nítidas, un planeta centelleante más abajo en el horizonte. Una o dos veces un meteorito se consumió en su camino hacia la atmósfera de la Tierra.

Se me ocurrió que si esto pudiera verse sólo una vez en un siglo o incluso una vez en una generación, este cabo estaría atestado de espectadores. Pero como lo podemos ver muchas decenas de noches en cualquier año, las luces arden en las cabañas, y sus habitantes seguramente ni siquiera se dan cuenta de la belleza que está suspendida sobre sus cabezas; y justo porque pueden verla casi cualquier noche, quizás no llegarán a verla nunca.



Rachel Carson, El sentido del asombro.

Acorde


Victo Ngai New Yorker

Victo Ngai. Portada para The New Yorker.






¿Nos aburriremos? No. Seguro que no. Nunca he necesitado tan poco, jamás me he bastado y sobrado sola como los días que paso con él. Comer, dormir, amar, leer, trabajar. No hay más. Y sin embargo lo es todo.



Daniela Krien, Algún día nos lo contaremos todo.

Algunas madres, y otros milagros


quentin greban

Quentin Gréban



–¿Quién se acerca por allí?–dijo muy rápido–. ¿Quién es?

La puerta del muro cubierto de hiedra se había abierto cuidadosamente y una mujer había entrado. Había llegado con el último verso del himno, y se había quedado quieta, escuchando y mirándolos. Con la hiedra tras ella, la luz del sol penetrando entre los árboles y salpicando su largo manto de color azul y su dulce y fresco rostro sonriendo entre el verdor, parecía una ilustración delicadamente coloreada de uno de los libros de Colin. Tenía unos ojos de maravilloso afecto que parecían absorberlo todo... a todos ellos, incluso a Ben Weatherstaff, los animalillos y cada una de las flores que se estaban abriendo.
Aunque apareció inesperadamente, ninguno de ellos pensó en modo alguno que era una intrusa. Los ojos de Dickon se iluminaron como farolas.

–Es madre...¡eso es lo que es!–gritó, y atravesó el césped de una carrera.

 

 


Frances Hodgson Burnett, El jardín secreto.