Comerse la luz



may ann licudine

May Ann Licudine



No la echo de menos porque nunca se ha apartado de mis pensamientos. Ni echo de menos tampoco aquella hora de resurrección bajo el cuerpo de la muchacha amada. Yo tuve aquella hora inconmensurable. Yo la tuve.



Erri de Luca. Ayuda, en "El contrario de uno".

Equipaje



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Kathy Lawrence. Story Time.



Y él les lee, como todas las noches, como si las regara, como si removiese la tierra a sus pies.



James Salter. Años luz.

Dónde se han ido


adam hughes

Adam Hughes



–La niebla estaba llena de caritas de niños–murmuró, bajando los ojos avergonzada–. Se acercaban a mí y yo tendía mis manos hacia ellos, pero no se dejaban acariciar.
Hubo un silencio muy largo, y cuando Esmeralda se decidió a levantar los ojos vio que Merlín se había inclinado hacia ella y la estaba mirando. Tenía el rostro muy serio y sintió una presión muy ligera de su mano, como una señal secreta.
–Son las almas de los niños perdidos–le dijo. Muy pocos en el mundo las pueden ver.
Y le contó que, cuando los niños crecían, las almas de aquellos que habían sido se quedaban solas en el mundo. Al principio, merodeaban por los jardines y las calles donde habían sido felices y visitaban sus antiguas casas para despedirse de todo lo que había sido suyo: sus ropas, sus cuartos y sus pequeñas camas, sus juguetes, los cuadernos y los lápices que llevaban a la escuela. Se detenían, sobre todo, a contemplar los rostros de sus madres dormidas, pues todas las madres del mundo añoraban esos cuerpecitos que amamantaron y cuidaron, y por más tiempo que pasara no podían dejar de preguntarse dónde estaban y por qué no regresaban a sus brazos.



Gustavo Martín Garzo. La puerta de los pájaros.

Sorpresa




cocina

Carlo Stanga



Pasta. Levadura. Artesa. Harina y delantal blanco. Cierro los ojos y vuelvo a verme entrando en la panadería de Rose o Fleurantin, las dos en la calle Mthieu. Atravieso el frío aire del amanecer en mi bicicleta, cruzándome con otras luces que se deslizan acompañadas del zumbido de las dinamos. Con los dedos entumecidos, empujo la puerta de la panadería, abierta desde las cinco de la mañana. La primera hornada expande su calor de pasta cocida...
Me meto el pan entre la chaqueta y el grueso jersey, vuelvo a subirme el cuello y salgo disparado. La casa aún no ha despertado. Les daré la sorpresa del pan recién hecho. Langostas o alondras, juntas o frente o frente, intentan cortar la luz del día con su canto de sierra mal afilada. He pasado junto a los rastrojos. Sus depresiones tiemblan en el espejismo del aire caliente. Apoyado en el murete de piedra que prolonga la pared de la ermita, saboreo la sombra como una bebida fresca. El ayer se confunde con el ahora. Feliz, pedaleo hacia casa, hacia el café con leche, la mantequilla y la mermelada de fresa, sintiendo una quemazón deliciosa en el pecho, como si un trozo de sol se me hubiera metido bajo la ropa.



Philippe Claudel. Aromas.

Olor a verano


rackham

Arthur Rackham.
Children at the seashore



Mi madre extrae de un aerosol naranja una gran perla blanca con la consistencia de espuma de afeitar que deposita en su mano. Me la aplasta sobre la piel. Es suave. Me extiende la crema, que de pronto, milagrosamente disuelta por todo el cuerpo, se ha vuelto invisible. Leo la etiqueta del aerosol: Ambre Solaire.
Cierro los ojos. Respiro hondo. Un aroma un poco untuoso, apenas almizclado, un olor de gineceo turco. Como una prolongación del calor del día, una tibieza de intimidad, de brazos acariciantes. Más tarde, cuando descubra a las bañistas de Ingres, les atribuiré ese olor. Por fin estoy listo. Subo de un salto a la bici. Salgo disparado. El viento me olfatea. Tengo diez años. El presente es un regalo estupendo.



Philippe Claudel. Aromas.

Agáchate un poquito


Cynthia and the unicorn

Leonard Weisgard. Cynthia and the Unicorn.



–De repente, la mujer oriental gimió de manera fugaz y sobrecogida, como si le acabaran de clavar algo en el vientre, y se dejó caer al suelo de rodillas tapándose la cara con las manos. La joven, que sostenía el álbum, se quedó inmóvil mirándola con sorpresa. Yo corrí a arrodillarme junto a ella y le pasé un brazo por la cintura. No sabía qué le sucedía, pero hay que ponerse a la altura de los que sienten dolor. Por eso los niños sufren tan solos, porque todo les queda muy arriba.



Pedro Zarraluki, Te espero dentro.

Encarnación



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Tracey Sylvester Harris. Girl by the pool.



Su cuerpo despertaba, súbitamente era consciente de que en su interior, como si tuvieran vida propia, había hondas pulsiones de fuerza. Cuando la tensaba, colgada boca abajo, cuando los músculos de abajo estaban entonados y laxos, cuando se sentía como una corredora joven, caía en la cuenta de lo mucho que podría amar aquel cuerpo, aquel recipiente que un día habría de traicionarla: no, no lo creía; creía lo contrario, de hecho. Había veces en que presentía su inmortalidad: las mañanas frías, las noches estivales a solas, tumbada desnuda sobre las mantas, cuando se bañaba, mientras se vestía, antes del amor, en el mar, o cuando tenía los miembros cansados y se aprestaba a dormir.



James Salter, Años luz.

Volver


larson

Jeffrey T. Larson



Ahora, ante el miserable campo de sus antepasados, todo resurgía ante él. También de ahí venían las lágrimas de viejo que había tenido esa mañana en la cama. Siempre se lo había guardado todo para él, aunque lo sintiera furtivamente mientras trabajaba en su jardín o en su viña. Sí, algunas veces eso le había pasado por culpa de un olor, de una luz o de un recuerdo, pero allí, delante de ese paisaje saturado de luz que descubría de nuevo, todas sus emociones acudían a él en un orden incontrolable. Un estremecimiento bajo su piel, extrañamente, lo refrescaba hasta provocar una multitud de descargas eléctricas que excitaban su placer y lo dejaban pasmado. Albert, en medio del campo de su infancia, en ese paisaje milenario, disfrutaba repentinamente de estar vivo.
La imagen de Suzanne lo atravesó. Seguramente también a causa de los efluvios de alhelí que le llegaban a ráfagas. Le gustaba su olor a agua de Colonia cuando ella subía a acostarse y perfumaba toda la cama. Pensó que, cuando muriese, le gustaría ser enterrado en un sudario empapado de ese perfume, lo único que podría llevarse consigo al Más Allá.



Jean-Luc Seigle, Al envejecer, los hombres lloran.

Y sin embargo...


la pregunta del elefante


Kaatje Vermeire.
La pregunta del elefante



Pero el conocimiento no te protege. La vida desprecia el conocimiento; lo obliga a esperar sentado en la antesala, a esperar fuera. Pasión, energía, mentiras: eso es lo que la vida admira. No obstante, todo es soportable si la humanidad entera observa. Lo demuestran los mártires. Vivimos dentro de la atención ajena. Nos volvemos hacia ella como flores hacia el sol.

No hay una vida completa. Hay solo fragmentos. Hemos nacido para no tener nada, para que todo se nos escurra entre los dedos. Y sin embargo, esta pérdida, este diluvio de encuentros, luchas, sueños...


James Salter, Años luz.

Palabras en el cielo

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Pascal Campion



Un festín de amor está comenzando. Todo lo anterior es una especie de prólogo. Ahora son amantes. Los primeros y locos escarceos han terminado. Han consolidado su dominio. Sigue una dicha satánica.
Van a Besançon el fin de semana, llenos de júbilo, vibrantes de pura alegría. La carretera primaveral vuela debajo.
Pasean por el parque, sumergidos en una frescura como de paredes viejas. Los bancos están vacíos. Están solos. A esta hora de la tarde ya no da el sol. El cielo, como si resumiera sus últimas fuerzas, es de un azul cortante y pálido, tan claro que asusta. Es como si hubieran cesado todos los sonidos.
Caminan sin hablar, cadera contra cadera. Dean siente una felicidad completa, absoluta. Los envuelve la oscura fragancia de los árboles. Tienen los zapatos polvorientos. La última luz se apaga.


James Salter, Juego y distracción.