A qué huele el verano



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Arthur Rackham. Children at the seashore



Mi madre extrae de un aerosol naranja una gran perla blanca con la consistencia de espuma de afeitar que deposita en su mano. Me la aplasta sobre la piel. Es suave. Me extiende la crema, que de pronto, milagrosamente disuelta por todo el cuerpo, se ha vuelto invisible. Leo la etiqueta del aerosol: Ambre Solaire.
Cierro los ojos. Respiro hondo. Un aroma un poco untuoso, apenas almizclado, un olor de gineceo turco. Como una prolongación del calor del día, una tibieza de intimidad, de brazos acariciantes. Más tarde, cuando descubra a las bañistas de Ingres, les atribuiré ese olor. Por fin estoy listo. Subo de un salto a la bici. Salgo disparado. El viento me olfatea. Tengo diez años. El presente es un regalo estupendo.



Philippe Claudel. Aromas.

Agáchate un poquito


Cynthia and the unicorn

Leonard Weisgard. Cynthia and the Unicorn.



–De repente, la mujer oriental gimió de manera fugaz y sobrecogida, como si le acabaran de clavar algo en el vientre, y se dejó caer al suelo de rodillas tapándose la cara con las manos. La joven, que sostenía el álbum, se quedó inmóvil mirándola con sorpresa. Yo corrí a arrodillarme junto a ella y le pasé un brazo por la cintura. No sabía qué le sucedía, pero hay que ponerse a la altura de los que sienten dolor. Por eso los niños sufren tan solos, porque todo les queda muy arriba.



Pedro Zarraluki, Te espero dentro.

Encarnación



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Tracey Sylvester Harris. Girl by the pool.



Su cuerpo despertaba, súbitamente era consciente de que en su interior, como si tuvieran vida propia, había hondas pulsiones de fuerza. Cuando la tensaba, colgada boca abajo, cuando los músculos de abajo estaban entonados y laxos, cuando se sentía como una corredora joven, caía en la cuenta de lo mucho que podría amar aquel cuerpo, aquel recipiente que un día habría de traicionarla: no, no lo creía; creía lo contrario, de hecho. Había veces en que presentía su inmortalidad: las mañanas frías, las noches estivales a solas, tumbada desnuda sobre las mantas, cuando se bañaba, mientras se vestía, antes del amor, en el mar, o cuando tenía los miembros cansados y se aprestaba a dormir.



James Salter, Años luz.

Volver


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Jeffrey T. Larson



Ahora, ante el miserable campo de sus antepasados, todo resurgía ante él. También de ahí venían las lágrimas de viejo que había tenido esa mañana en la cama. Siempre se lo había guardado todo para él, aunque lo sintiera furtivamente mientras trabajaba en su jardín o en su viña. Sí, algunas veces eso le había pasado por culpa de un olor, de una luz o de un recuerdo, pero allí, delante de ese paisaje saturado de luz que descubría de nuevo, todas sus emociones acudían a él en un orden incontrolable. Un estremecimiento bajo su piel, extrañamente, lo refrescaba hasta provocar una multitud de descargas eléctricas que excitaban su placer y lo dejaban pasmado. Albert, en medio del campo de su infancia, en ese paisaje milenario, disfrutaba repentinamente de estar vivo.
La imagen de Suzanne lo atravesó. Seguramente también a causa de los efluvios de alhelí que le llegaban a ráfagas. Le gustaba su olor a agua de Colonia cuando ella subía a acostarse y perfumaba toda la cama. Pensó que, cuando muriese, le gustaría ser enterrado en un sudario empapado de ese perfume, lo único que podría llevarse consigo al Más Allá.



Jean-Luc Seigle, Al envejecer, los hombres lloran.

Y sin embargo...


la pregunta del elefante


Kaatje Vermeire.
La pregunta del elefante



Pero el conocimiento no te protege. La vida desprecia el conocimiento; lo obliga a esperar sentado en la antesala, a esperar fuera. Pasión, energía, mentiras: eso es lo que la vida admira. No obstante, todo es soportable si la humanidad entera observa. Lo demuestran los mártires. Vivimos dentro de la atención ajena. Nos volvemos hacia ella como flores hacia el sol.

No hay una vida completa. Hay solo fragmentos. Hemos nacido para no tener nada, para que todo se nos escurra entre los dedos. Y sin embargo, esta pérdida, este diluvio de encuentros, luchas, sueños...


James Salter, Años luz.

Palabras en el cielo

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Pascal Campion



Un festín de amor está comenzando. Todo lo anterior es una especie de prólogo. Ahora son amantes. Los primeros y locos escarceos han terminado. Han consolidado su dominio. Sigue una dicha satánica.
Van a Besançon el fin de semana, llenos de júbilo, vibrantes de pura alegría. La carretera primaveral vuela debajo.
Pasean por el parque, sumergidos en una frescura como de paredes viejas. Los bancos están vacíos. Están solos. A esta hora de la tarde ya no da el sol. El cielo, como si resumiera sus últimas fuerzas, es de un azul cortante y pálido, tan claro que asusta. Es como si hubieran cesado todos los sonidos.
Caminan sin hablar, cadera contra cadera. Dean siente una felicidad completa, absoluta. Los envuelve la oscura fragancia de los árboles. Tienen los zapatos polvorientos. La última luz se apaga.


James Salter, Juego y distracción.

Navegar hacia dentro

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Hans Neumann. 1919



Me gusta el silencio de los marineros. Contiene dentro todas las tragedias del mar y también su fuerza. Antes de zarpar, las luces blancas, rojas y verdes de los pesqueros se reflejaban ya en el agua aceitosa de la dársena. Sonaban los motores y las amuras con nombres de vírgenes o de cofrades, enfilaban la bocana y allí, ante la mar abierta, el patrón decidía si ese día la pesca se desarrollaría por la parte de garbí o de gregal. Era todavía noche cerrada y tumbado en la cubierta yo miraba las constelaciones. Veía sobre mi cabeza el triángulo de verano formado por tres estrellas, Altair, Vega y Deneb. De pronto las olas tomaban una tonalidad de plata vieja y sobre ella poco después un sol todavía muy tierno y blando derramaba el vino. Durante la travesía hablaba con Pere, un viejo marinero encargado de la cocina que murió un día al pie de la caldereta de pescado. En la vertical del mediodía echaba un par de ajos en el aceite hirviendo y en medio del mar parecía que el mundo se volvía a crear en torno al aroma que despedían los salmonetes y los calamares al freírse. La brisa lo llevaba hasta las aguas azules y entonces aparecían los lomos soleados de los delfines y al verlos pensaba: ya que en esta vida me obligan a saltar, trataré de que mi salto sea de delfín.


Manuel Vicent, Verás el cielo abierto.

Dibujar una adivinanza




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Natsuko, 2012. Ikenaga Yasunari.



Ciertas cosas las recuerdo exactamente como fueron. Sólo el tiempo las decolora un poco, como monedas en un traje olvidado. Muchos pormenores, sin embargo, han sido transformados o modificados desde hace mucho tiempo para resaltar otros. Algunos, de hecho, son obviamente falsificados; no por eso menos importantes. Alteramos el pasado para formar el futuro. Pero hay una sustancia real en el dibujo que finalmente aparece y que resiste a todos los demás cambios.

De hecho, existe el peligro de que, si sigo intentándolo, toda la versión de sucesos empiece a desmenuzarse en mis manos como un periódico viejo, y no puedo soportar la idea. El pasado infinito nos penetra y se desvanece. Salvo que, dentro de él, en algún sitio, como diamantes, existan fragmentos que se nieguen a consumirse. Cribándolos, si uno se atreve, y recopilándolos, se descubre el dibujo verdadero.


James Salter, Juego y distracción.

Verano naciente


noche con farolas

Dingyiyi



Y ahora todo ha vuelto a cambiar otra vez. Cada tarde el aire del Callejón se llena de cantos de pájaros: nunca me había percatado de eso. Se llena de trinos, de perfumes estivales, de extrañas visiones fugaces y de presentimientos con el rabillo del ojo, de nostalgias, de tristezas y de esperanzas no definidas.
Esa dulce alteración tiene nombre...


Michel Frayn. Juego de espías.

La Maga


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Barbara Baldi







Escucha en las noches cómo se rasga la seda
y cae sin ruido la taza de té al suelo
como una magia
tú que sólo palabras dulces tienes para los muertos
y un manojo de flores llevas en la mano
para esperar a la Muerte
que cae de su corcel, herida
por un caballero que la apresa con sus labios brillantes
y llora por las noches pensando que le amabas,
y dice sal al jardín y contempla cómo caen las estrellas
y hablemos quedamente para que nadie nos escuche
ven, escúchame hablemos de nuestros muebles
tengo una rosa tatuada en la mejilla y un bastón con
empuñadura en forma de pato
y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestr
y ahora que el poema expira
te digo como un niño, ven
he construido una diadema
(sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve)




Leopoldo Panero, Poema a mi madre (Reivindicación de una hermosura).