El mundo o una casita de ladrillos

Silvia Bonanni, Il faut une fleur, Rue du Monde, 2007
Hacía pocos años que había terminado la guerra de España y la cruz y la espada reinaban sobre las ruinas de la República. Uno de los vencidos, un obrero anarquista, recién salido de la cárcel, buscaba trabajo. En vano revolvía cielo y tierra. No había trabajo para un rojo. Todos le ponían mala cara, se encogían de hombros o le daban la espalda. Con nadie se entendía, nadie lo escuchaba. El vino era el único amigo que le quedaba. Por la noche, ante los platos vacíos, soportaba sin decir nada los reproches de su esposa beata, mujer de misa diaria, mientras su hijo, un niño pequeño, le recitaba el catecismo.
Mucho tiempo después, Josep Verdura, el hijo de aquel obrero maldito, me lo contó. Me lo contó en Barcelona, cuando yo llegué al exilio. Me lo contó: él era un niño desesperado que quería salvar a su padre de la condenación eterna y el muy ateo, el muy tozudo, no entendía razones.
- Pero papá -le dijo Josep llorando -. Si Dios no existe, ¿quién hizo el mundo?
- Tonto -dijo el obrero cabizbajo, casi en secreto. -Tonto. Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles.
Eduardo Galeano, El origen del mundo, en "El libro de los abrazos". Siglo XXI editores, 2006.
Celebración de la fantasía

Lorenz Kienzle, ABC[cat], (Letra O: One), Stewart, Tabori & Chang, 2004
Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había desprendido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, porque la estaba usando en no sé qué aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.
Súbitamente se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado por un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitas cuartedas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas, y no faltaban los que pedían un fantasma o un dragón.
Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más de medio metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:
-Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima -dijo.
-¿Y anda bien? -le pregunté.
- Atrasa un poco -reconoció.
Eduardo Galeano, Celebración de la fantasía, en "El libro de los abrazos". Siglo XXI editores, 2006.
Azada, beso, flor

Asun Balzola, Munia y la luna, Destino, 1982
¿a dónde irá a parar tanta desolación tanta hermosura?
Hemos hecho y deshecho
hablen, trabajadores del amor
Juan Gelman
No todo está perdido

Élodie Nohuen, Mi miel, mi dulzura, Edelvives, 2005
La poesía tiene una puerta herméticamente cerrada no con llave o con cerrojo, pero su estructura es tal, que por mas esfuerzos que hagan los imbéciles, no pueden abrirla, mientras cede a la sola presencia de los inocentes. Nada hay más opuesto a la imbecilidad que la inocencia. La poesía pretende cumplir la tarea de que este mundo no sea sólo habitado por los imbéciles.
Aldo Pellegrini
A cobijo

Anne Herbauts, Monday, Tate Publishing, 2009
S'oculten, com a ombres brunes
en el moviment suau dels teus cabells,
els meus somnis. Pel teu coll
van irisant-se els meus dits
en pensaments com fulles esberlades,
on cada lloc del meu tacte
es troba urgent i últim.
Instants d'aixopluc que el matí
venç.
Se ocultan, como sombras morenas
en el movimiento suave de tus cabellos,
mis sueños. Por tu cuello
van irisándose mis dedos
en pensamientos como hojas hendidas,
donde cada lugar de mi tacto
se encuentra urgente y último.
Instantes de cobijo que la mañana
vence.
Ferran Archilés, Kein Unterschlupf, en Mala memòria, Perifèric Edicions, 2011
Pequeñas primaveras

Natalie Fortier, Me encanta, Kókinos, 2004
Ya sé que no está el patio para muchas alegrías. Pero en momentos de grandes cataclismos son las cosas personales las que nos salvan: una carta, un pequeño proyecto, el homenaje a un amigo. No sé si a ustedes les ocurre lo mismo. A veces, muy pocas, tengo la impresión de que el mundo no se ha ido todavía al carajo gracias a esos pequeños oasis de la vida diaria, acontecimientos mínimos a escala humana que son el mejor antídoto para el frío de los inviernos muy largos.
Susana Fortes, Naúfragos, El País, 25/3/2011
Gozo, correteos y perfumes

Lorenz Kienzle, ABC[cat], (Letra X: Xerox), Stewart, Tabori & Chang, 2004
Mary volvió a la casa, y cuando se acomodó cerca de la cama de Colin, él empezó a olfatearla como lo hacía Dickon, aunque no con tanta pericia.
- Hueles como las flores y... como las cosas frescas -gritó con gran alegría-. ¿A qué hueles? Es fresco y cálido y dulce, todo a la vez.
- Es el viento del páramo -dijo Mary-. Es de haber estao sentá* en la hierba debajo de un árbol, con Capitán* y Hollín, con Nuez y con Cáscara. Es la primavera, y estar fuera y el sol es lo que güele tan bien.
Frances Hogson Burnett, El jardín secreto, Ediciones B, 1996.
*Capitán es un zorrito, Hollín un cuervo, Nuez y Cáscara dos ardillas. Mary habla imitando el acento de Yorkshire, con el que habla su amigo Dickon, al que siguen los animalitos.
Adivinar el alma

Cristina Müller, Desde mi ventana, Anaya, Sopa de Libros, 2006
El contador tiene que saber, o intuir, lo que el otro quiere, aunque ese otro no lo sepa expresar. Este saber lo sintetiza de manera clarividente Eduardo Galeano en un espléndido cuento perteneciente a su libro Bocas del tiempo:
Enrique Buenaventura estaba bebiendo ron en una taberna de Cali, cuando un desconocido se acercó a la mesa. El hombre se presentó, era de oficio albañil, a sus órdenes, para servirlo:
–Necesito que me escriba una carta. Una carta de amor.
–¿Yo?
–Me han dicho que usted puede.
Enrique no era especialista, pero hinchó el pecho. El albañil aclaró que él no era analfabeto:
–Yo puedo escribir. Pero una carta así, no puedo.
–¿Y para quién es la carta?
–Para... ella.
–¿Y usted qué quiere decirle?
–Si lo sé, no le pido.
Enrique se rascó la cabeza. Esa noche, puso manos a la obra. Al día siguiente, el albañil leyó la carta:
–Eso –dijo, y le brillaron los ojos–, eso era. Pero yo no sabía que era eso lo que yo quería decir.
Cuando un niño escucha una historia que le conmueve, le oímos decir también, más con los ojos que con las palabras: «Yo no lo sabía, pero era eso, eso precisamente, lo que yo quería oír».
Paco Abril, invitado en GRETEL, La literatura infantil a la UAB, 2011
Trinos

Gustavo Roldán, El señor G., Buen Paso, 2009
La primera mañana en que el cielo volvió a ser de color azul, Mary se despertó muy temprano. El sol penetraba en rayos oblicuos a través de las persianas, y había tanto júbilo en aquella imagen, que la niña saltó de la cama y fue corriendo hasta la ventana. Corrió las persianas y abrió los ventanales y una gran ráfaga de aire fresco y fragante vino hasta ella. El páramo estaba azulado, e incluso parecía que algo mágico hubiera transformado el mundo entero. Por todas partes se oían tiernos y suaves trinos, como si centenares de pájaros estuvieran afinando sus voces antes de iniciar el concierto. Mary sacó su mano por la ventana y la mantuvo bajo el sol.
-¡Calienta... callienta!-exclamó-. Esto hará que los tallitos verdes crezcan y crezcan, y los bulbos y las raíces luchen y empujen bajo tierra.
Se arrodilló y se asomó por la ventana tanto como pudo, dando profundo respiros y olfateando el aire, hasta que empezó a reír al recordar lo que la madre de Dickon había dicho sobre su nariz: que temblaba como la de un conejillo..."
Frances Hogson Burnett, El jardín secreto, Ediciones B, 1996.
Cuenta hasta diez

Holly Hobbie, Let It Snow, Little & Brown Books, 2007
Cuando sientas tu herida sangrar
cuando sientas tu voz sollozar
cuenta conmigo
(de una canción de Carlos Puebla)
Compañera
usted sabe
que puede contar
conmigo
no hasta dos
ni hasta diez
sino contar
conmigo.
Si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos
y una veta de amor
reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesar de la veta
o talvez porque existe
usted puede contar
conmigo.
Si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo
no piense qué flojera
igual puede contar
conmigo.
Pero hagamos un trato
yo quisiera contar
con usted
es tan lindo
saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no para que acuda
presurosa en mi auxilio
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe
que puede
contar conmigo.
Mario Benedetti, Hagamos un trato
Palabras

Isidro Ferrer, Libro de las preguntas, Mediavaca, 2006
—¿Y usted por qué escribe, Miss Fox?
—Bueno, hasta ahora no habría dicho que escribo. Pero escribo porque me gustan las palabras. Supongo que si me gustaran las piedras me pondría a esculpir. Me gustan las palabras. Me gusta leer. Me fijo en ciertas palabras en particular. Eso me estimula.
Era una respuesta fuera de lo común, aunque no debería haberlo sido.
A S. Byatt (Dame Antonia Susan Byatt), Material en bruto, en "El libro negro de los cuentos", Alfaguara, 2007
¿Hablas balleno?

Jutta Bauer, Sencillamente tú, Lóguez, 2009
Uno de los deseos que de una forma más constante e íntima han acompañado al hombre desde el origen de los tiempos es el deseo de comunicarse con los miembros de las otras especies. A él se debe que bestias y animales hablen en los cuentos de hadas y que sus protagonistas humanos comprendan mágicamente su lenguaje. Tolkien afirma que desde muy antiguo se tiene una viva conciencia de la ruptura de esa comunicación; pero también la convicción de que fue traumática. Las animales son como reinos con los que el hombre ha roto sus relaciones y que con los que, en el mejor de los casos, mantiene un difícil e inestable armisticio.
En los cuentos de los niños siempre se ha mantenido la idea del mundo como creación, y el sentimiento asociado a esa idea de una naturaleza escondida más allá de lo visible, como si el paraíso no hubiera sido separado del mundo, sino que subsistiera en él, sólo que como reino interior, escondido, al que sólo en circunstancias especiales (“no todos los días suceden milagros” está escrito en la Genará) pudiera accederse. Estos accesos, estas entradas secretas, son uno de los lugares centrales de los cuentos. Son “las ínsulas extrañas”, a que se refirió San Juan. El acceso es súbito, inesperado, y una vez que se lleva a efecto todo cambia para siempre para quien lo realiza. En ellas todo es posible: alimentarse de cualquier cosa, el diálogo entre los animales y los niños, burlar a la muerte.
Estas ínsulas no son una invención, existen en la realidad aunque no sea fácil llegar a ellas. Los amantes, los niños y los poetas las encuentran. En los cuentos se guarda la memoria de lo que descubrieron en ellas, y es escuchándolos una y otra vez cómo aprendemos a hacernos cargo de esa herencia tan dulce.
Gustavo Martín Garzo, Sobre "El jardín secreto", de Frances Hogson Burnett, UAB, Banco del Libro, marzo 2011.
Brioche y milagros sencillos

Tanaka Kiyo, Le chihuahua à pois, Philipe Picquier, 2007
Por animosa que sea una, siempre hay días de marea. Siempre hay días en que las cosas no salen como querríamos, días en que te viene la regla o estás ovulando (en general para eso hace falta ser hembra), en que nos emperramos en agarrar la cuerda en vez de soltarla, qué sé yo… Días de ésos… En esos días hay muchos consuelos, muchos, todos buenos, pero a mí me gusta ir a la cocina y preparar brioche tostado con mantequilla y jamón dulce… La mantequilla se derrite sobre el pan que huele a especias y calienta el jamón, que le aporta una maravillosa nota salada y sorprendente al conjunto… El pan está blando y crujiente a la vez, untuoso y cálido como los mejores sueños húmedos y los mejores abrazos que una haya tenido nunca, y reconforta el alma como sólo lo hace la comida sencilla. Al fin y al cabo somos humanos: como le sucede al resto de la creación (de la que no somos tan diferentes aunque nos complazca olvidarlo), nuestros días dependen de seguir alimentándonos. El brioche entrega calma y placer y nos devuelve por un momento a una infancia recreada en la que nosotros mismos nos hacemos de madre. Pero en realidad, lo más importante que nos entrega ese brioche que se derrite en la boca es esa sabiduría simple que olvidamos tan a menudo: no hay nada más importante que comer cada día, que estar a cobijo cada día. Qué bonito sería hacer una lista de las comidas que se preparan las mujeres para darse cariños a sí mismas cuando entran en un día de bruma. Colocar nuestras insatisfacciones, estancamientos, malestares, contradicciones y frustaciones en esa escala nos devuelve un modelo del mundo más realista, que pese a nuestro ralo estado de ánimo posee de repente una luz que casi parece de primavera.
Zora Allen, Días al sol, Libros de los confines, 1998.
Y si...

Shaun Tan, Ningúnotropaís, en "Cuentos de la periferia", Barbara Fiore Editora, 2008
Las bibliotecas son como un gran almacén donde se guardan todas las emociones humanas. ¿Y sabes qué se aprende cuando paseas por ese almacén?: que pueden traerse cosas de los sueños. Un escritor inglés escribió un poema en el que un joven sueña con un jardín fabuloso donde todo es perfecto. Paseando por sus senderos, ve un rosal radiante y toma distraído una de sus rosas. Pero sucede algo y se descubre, de golpe, acostado en el cuarto inmundo de una pensión. Comprende decepcionado que ese jardín sólo ha existido en su fantasía y, cuando trata de volver a dormirse, ve sobre la mesilla la rosa que acaba de cortar. Puede que el jardín fuera un sueño, pero se ha traído de él una flor. ¿Es posible esto? ¡Claro que lo es! El poeta no se limitó a soñar con un lugar maravilloso, sino que escribió un poema que yo podía leer. Ese poema era la rosa, una rosa de palabras.
Gustavo Martín Garzo, Tan cerca del aire. Random House Mondadori, 2010.