Señor Viento Norte


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Mat Taylor



Mañanas con nubes. Mañanas ventosas. Mañanas de viento negro que corre como agua. Los árboles tiemblan, las ventanas crujen como un barco. va a llover. Al cabo de un rato, las primeras gotas silenciosas aparecen en el cristal. Crecen poco a poco, lo cubren, empiezan a trazar surcos. Todo Autun sometido al frío, la lluvia matutina, las esculturas sobre las verjas romanas primero se vetean y luego se oscurecen, los techos de pizarra relucen ahora, los cementerios, los puentes sobre el Arroux. De vez en cuando, el viento retorna, la lluvia cae oblicuamente, azota las ventanas como arena. La lluvia lo cubre todo, todas las avenidas y empresas, las antiguas glorias de la ciudad. Una lluvia larga y uniforme que me satisface totalmente.


James Salter. Juego y distracción.

Capullos que se abren





erin mc guire

Erin McGuire



La transformación tardó medio año y yo miraba cómo se formaba mi cuerpo del futuro igual que si perteneciese a otra persona. Qué altura tienes, qué número de zapato usas, qué talla de pantalones, de camisetas, me preguntaban en las tiendas y yo no lo sabía porque andaba cambiando de pies a cabeza, y el cambio aún seguía en marcha: tenía un cuerpo de emergencia que me habían prestado. Por la noche, sola en el cuarto de baño, examinaba con detenimiento cada una de las etapas de ese nuevo cuerpo, porque aún era una extraña para mi misma. ¿Llegué a preguntarme cuándo este nuevo cuerpo iba a parar de formarse, cuándo esa yo del futuro se detendría, cuándo estaría preparada, cuándo acabaría la incertidumbre y yo saldría a la luz con un cuerpo nuevo, blanco níveo como las dunas heladas sobre las tierras altas, y me despertaría una mañana de martes en una nueva piel, una mujer en el planeta de los humanos, para asombro de todo el mundo, incluidos los chicos de la clase? ¿Me gustaría ese nuevo cuerpo, les gustaría a los otros?



Audur Ava Ólafsdóttir. La excepción.

Romper las cuentas



teresa jenellen

Terese Jenellen



Presentaba mi ronca reclamación y cuanto más sacrosanta era, más torpe resultaba: le pedía cuentas y jamás debe hacerse entre quien anda en amores. No existe el traicionado, el traidor, el justo y el impío, existe el amor mientras dura y la ciudad mientras no se derrumba.



Erri de Luca. Ayuda, en "El contrario de uno".

Comerse la luz



may ann licudine

May Ann Licudine



No la echo de menos porque nunca se ha apartado de mis pensamientos. Ni echo de menos tampoco aquella hora de resurrección bajo el cuerpo de la muchacha amada. Yo tuve aquella hora inconmensurable. Yo la tuve.



Erri de Luca. Ayuda, en "El contrario de uno".

Equipaje



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Kathy Lawrence. Story Time.



Y él les lee, como todas las noches, como si las regara, como si removiese la tierra a sus pies.



James Salter. Años luz.

Dónde se han ido


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Adam Hughes



–La niebla estaba llena de caritas de niños–murmuró, bajando los ojos avergonzada–. Se acercaban a mí y yo tendía mis manos hacia ellos, pero no se dejaban acariciar.
Hubo un silencio muy largo, y cuando Esmeralda se decidió a levantar los ojos vio que Merlín se había inclinado hacia ella y la estaba mirando. Tenía el rostro muy serio y sintió una presión muy ligera de su mano, como una señal secreta.
–Son las almas de los niños perdidos–le dijo. Muy pocos en el mundo las pueden ver.
Y le contó que, cuando los niños crecían, las almas de aquellos que habían sido se quedaban solas en el mundo. Al principio, merodeaban por los jardines y las calles donde habían sido felices y visitaban sus antiguas casas para despedirse de todo lo que había sido suyo: sus ropas, sus cuartos y sus pequeñas camas, sus juguetes, los cuadernos y los lápices que llevaban a la escuela. Se detenían, sobre todo, a contemplar los rostros de sus madres dormidas, pues todas las madres del mundo añoraban esos cuerpecitos que amamantaron y cuidaron, y por más tiempo que pasara no podían dejar de preguntarse dónde estaban y por qué no regresaban a sus brazos.



Gustavo Martín Garzo. La puerta de los pájaros.

Sorpresa




cocina

Carlo Stanga



Pasta. Levadura. Artesa. Harina y delantal blanco. Cierro los ojos y vuelvo a verme entrando en la panadería de Rose o Fleurantin, las dos en la calle Mthieu. Atravieso el frío aire del amanecer en mi bicicleta, cruzándome con otras luces que se deslizan acompañadas del zumbido de las dinamos. Con los dedos entumecidos, empujo la puerta de la panadería, abierta desde las cinco de la mañana. La primera hornada expande su calor de pasta cocida...
Me meto el pan entre la chaqueta y el grueso jersey, vuelvo a subirme el cuello y salgo disparado. La casa aún no ha despertado. Les daré la sorpresa del pan recién hecho. Langostas o alondras, juntas o frente o frente, intentan cortar la luz del día con su canto de sierra mal afilada. He pasado junto a los rastrojos. Sus depresiones tiemblan en el espejismo del aire caliente. Apoyado en el murete de piedra que prolonga la pared de la ermita, saboreo la sombra como una bebida fresca. El ayer se confunde con el ahora. Feliz, pedaleo hacia casa, hacia el café con leche, la mantequilla y la mermelada de fresa, sintiendo una quemazón deliciosa en el pecho, como si un trozo de sol se me hubiera metido bajo la ropa.



Philippe Claudel. Aromas.

Olor a verano


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Arthur Rackham.
Children at the seashore



Mi madre extrae de un aerosol naranja una gran perla blanca con la consistencia de espuma de afeitar que deposita en su mano. Me la aplasta sobre la piel. Es suave. Me extiende la crema, que de pronto, milagrosamente disuelta por todo el cuerpo, se ha vuelto invisible. Leo la etiqueta del aerosol: Ambre Solaire.
Cierro los ojos. Respiro hondo. Un aroma un poco untuoso, apenas almizclado, un olor de gineceo turco. Como una prolongación del calor del día, una tibieza de intimidad, de brazos acariciantes. Más tarde, cuando descubra a las bañistas de Ingres, les atribuiré ese olor. Por fin estoy listo. Subo de un salto a la bici. Salgo disparado. El viento me olfatea. Tengo diez años. El presente es un regalo estupendo.



Philippe Claudel. Aromas.

Agáchate un poquito


Cynthia and the unicorn

Leonard Weisgard. Cynthia and the Unicorn.



–De repente, la mujer oriental gimió de manera fugaz y sobrecogida, como si le acabaran de clavar algo en el vientre, y se dejó caer al suelo de rodillas tapándose la cara con las manos. La joven, que sostenía el álbum, se quedó inmóvil mirándola con sorpresa. Yo corrí a arrodillarme junto a ella y le pasé un brazo por la cintura. No sabía qué le sucedía, pero hay que ponerse a la altura de los que sienten dolor. Por eso los niños sufren tan solos, porque todo les queda muy arriba.



Pedro Zarraluki, Te espero dentro.

Encarnación



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Tracey Sylvester Harris. Girl by the pool.



Su cuerpo despertaba, súbitamente era consciente de que en su interior, como si tuvieran vida propia, había hondas pulsiones de fuerza. Cuando la tensaba, colgada boca abajo, cuando los músculos de abajo estaban entonados y laxos, cuando se sentía como una corredora joven, caía en la cuenta de lo mucho que podría amar aquel cuerpo, aquel recipiente que un día habría de traicionarla: no, no lo creía; creía lo contrario, de hecho. Había veces en que presentía su inmortalidad: las mañanas frías, las noches estivales a solas, tumbada desnuda sobre las mantas, cuando se bañaba, mientras se vestía, antes del amor, en el mar, o cuando tenía los miembros cansados y se aprestaba a dormir.



James Salter, Años luz.