Donde yo vivo


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Frances Wolfe. Donde yo vivo. Juventud, 2002



Celeste dignidad de la mañana
que entra con la marea en esta habitación
donde aún se demora el vaho
nocturno de los cuerpos.
               Toco
la piel solícita del aire, miro la luz cayendo
entre las franjas tachonadas
de polvo cereal, los ondulantes
dibujos de la arena, un último
jirón de la calima en el talud,
mientras voy cerciorándome
que es aquí donde vivo.

Comprobarlo equivale
a saber que mi historia
coincide justamente con esta geografía.




José Manuel Caballero Bonald, Poner a prueba.

Cómo convertir cenizas en luz



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Manuel Boix. Yo soy el fuego. Altea, 1975



Todo vuelve al pasado
cuando la muerte aúlla
y el crepitar de los días
se deshace en cenizas.
Vuelven las mismas voces
vagando en la memoria
llenando en las estancias.
Y aquella casa
-viva para mí de nuevo-
de pronto se ilumina.
Casa clara de amor, de libros y de plantas.
Mi padre al escritorio leyendo o trabajando
o pasadas las diez con mi madre,
desde el portal llamándonos.
Y yo regreso a saltos de mis juegos
contando las estrellas por la acera
soñando más allá de los luceros.
Mientras en el portal ellos me esperan.
Y allá en la casa grande, la de al lado,
mi abuela -dulce panal donde abrevó mi infancia-
contándome historias de familia venida de muy lejos,
historias tan bellas y raras como leyendas.
Y recuerdo vagamente aquel daguerrotipo
donde estaba su abuelo junto a Schilier
en Austria o Alemania
con la romántica chaqueta roja del «Sturmer und Dranger».
Y en otro retrato
mi bisabuelo francés que en Nueva York fuera
orfebre de la iglesia «Sant Patrick»
ebanista de sus puertas.
Lo recuerdo en la pared con las cuencas (de sus ojos
hundidas
de tanto llorar al hijo que le fuera asesinado.
Todos regresan juntos a la memoria ahora,
todos portando lámparas, de lejos, del otro lado.
Y la casa, apagada, se hace toda de luces
(para mí de nuevo.
Una fiesta encendida en esta noche inmensa.
Y vuelvo al justo sitio de raíz y hierba buena
junto al naranjo de mi infancia
(y al columpio en que
soñaba.
Y regreso junto a días lluviosos y barquitos de
papel
navegando aquel patio vuelto luego arco-iris
en tardes bañadas en colores de trópico
ya sin este desgarro que me quema.
El tiempo se detiene.
El agua lo ha bañado.
Todo se enciende. Sí,
como era entonces.
La casa sobrevive iluminada. 



Rita Geada, La casa iluminada.

Hoy cumplo los años de esa casa


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Masía La Comba. Desierto de las Palmas. Castellón de la Plana. 1965-1973.


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Elzbieta. La pesca de la sirena. Olañeta, 1992



Azulada por el nocturno oleaje,
entre el ocio lunar y la arena indolente,
la casa está viviendo, decorada de cenizas votivas,
hecha clamor de memorables días dichosos
o palabra más bien, que ahora escribo en la sombra,
apoyando mi sueño en sus muros de solícitos brazos.
La casa está en el sur; es lo mismo que un cuerpo
ardoroso, registro de certeza embriagada,
donde estuvo mi vida, orillas de un emblema marino,
resonante de alegres impaciencias
o de ilusorias lágrimas que otros ojos cegaban.
Sus ventanas, a veces, están dando a mi nombre,
porque son todas ellas como bocas que acunan,
como labios que brillan bajo el furtivo pétalo del cielo,
aberturas que el mar vuelve sonoras
y en cuyo fondo habitan verdades como pechos,
palabras semejantes a manos que se juntan
o acaso esa tristeza que hay detrás del amor.
Recuerdo sus paredes, sus puertas de madera entrañable,
la verídica cal en cuyas lindes
se estaba congregando toda la luz de aquella casa,
sin poder ocultar cosa alguna por detrás de sus lienzos,
sin poder ser distinta a un cristal desnudado,
a un renglón transparente de tiempo sin edad.
Recuerdo también sus rincones más hondos y ocultos,
su razonada disposición de alegría,
la distribución de sus sueños con afán perdurable.
Todo allí se contagia de una idéntica vida,
y es para siempre su estación humana,
los ciclos de su fe, raíz de cuanto soy,
de todo lo que ordena mi palabra y sus márgenes:
las dudas con que erige sus muros la verdad,
los recuerdos que a veces son lo mismo que llagas,
el olvido, ese moho que corroe el rostro de la historia,
lo que está sin remedio convirtiéndose
en una misma forma de aprender a volver,
el miedo al desamor por donde sangra el mundo.
Sí, la casa es un cuerpo: mi corazón la mira,
la habita mi memoria; sé que está restaurándose
como la abdicación del mar en las orillas,
como las germinales herencias del verano,
y quizá sea posible que esta casa no pueda nunca envejecer,
no pueda cumplir nunca más tiempo que el de entonces,
porque sus habitantes son lo mismo que llamas
sin quemar, frágiles al aliento de la grieta más tenue,
y ellos están haciendo que las paredes vivan,
que los peldaños latan como olas,
que cada habitación respire y reproduzca
los irrepetibles y anónimos hechos de cada día.
Casa sin tiempo junto al mar, cumbre
sonora entre los astros, libre razón con muros,
criatura en donde acaban mis- fronteras,
soy menos si me faltas,
tu paz rige mi vida y la hace humilde,
55 justifica mi espera tu paciencia,
bogas, persistes, reinas, como un ave en la noche,
acaso ya recibas el nombre de José.



José Manuel Caballero Bonald, Casa junto al mar, en "Las adivinaciones", 1952.

Delicadezas




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Lorenz Kienzle. ABC [cat]. Stewart, Tabori & Chang Books, 2004



Estoy en el Bar Central, en la Plaza de Yamaguchi, tomando un pincho de patatas. Hay una pareja joven en una mesa cercana, diecisiete o dieciocho años. Han terminado su bebida y sólo hablan. Aunque se besan tímidamente, es de sus gestos de donde proviene la calidez de su esquina: él le coge la mano, ella deja caer su cabeza en su hombro. Apostaría a que es su primera cita. No puedo oír lo que dicen, y tampoco es de mi incumbencia. Después de un rato, se marchan y desaparecen en la fría noche de afuera.


[via El invitado de invierno, http://invitadodeinvierno.wordpress.com/2010/03/14/el-jumping-jester/]

Luna navegable






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Josef Palecek. The Little Mermaid. Faber and Faber, 1978



Esta travesía la he realizado otras veces zarpando muy entrada la noche. Leer las constelaciones tumbado en la cubierta en medio de la oscuridad pensando en alguien que has querido mucho es un ejercicio que llena el corazón. Recuerdas qué dulce y clara era la noche con la luna en el jardín; en el balcón abierto brillaba una lámpara encendida; ella leía desnuda en la tranquila estancia y abajo se oían las voces de los criados. Después de pasar la noche a solas con tu memoria, cuando al amanecer las aguas comenzaban a platear, aparecían los delfines, y en el barco sonaba el Bolero de Ravel cuya espiral se perdía en el espacio.


Manuel Vicent, Verás el cielo abierto. Alfaguara, 2005

Cuando nadie tenía que recordarnos eso



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Marla Frazee. Stars. Beach Lane Books, 2011



La fraga recuperó de golpe su alma ingenua, en la que toda la ciencia consiste en saber que de cuanto se puede ver, hacer o pensar sobre la tierra, lo más prodigioso, lo más profundo, lo más grave es esto: vivir.


Wenceslao Fernández Flórez, El bosque animado.




Luna de Pascua


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Jimmy Liao. Esconderse en un rincón del mundo. Barbara Fiore, 2009



Una noche subí yo también; era una noche de primavera; el ambiente estaba tibio y tranquilo; lucían profundamente las estrellas; se destacaba, redonda y silenciosa, en el cielo claro la luna. Hacia ella dirigimos el tubo misterioso; yo ví un gran claror suave, con puntos negros, que son los cráteres extinguidos; con manchas blancas, que son los mares congelados. Y entonces, en esta noche tranquila, sobre el reposo de la huerta y de la ciudad dormida, yo sentí que por primera vez entraba en mi alma una ráfaga de honda poesía y de anhelo inefable.


Azorín, Confesiones de un pequeño filósofo. Seix Barral, 2005

Empuja



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Jimmy Liao. Esconderse en un rincón del mundo. Barbara Fiore, 2009



Para ver
la puerta abierta
has de pensar que la puerta
puede abrirse



Jorge Reichmann. El común de los mortales, Tusquets, 2011

Reencuentros


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Carl Larsson. A Farm: Paintings from a Bygone Age. Floris Books, 2008



Lo realmente interesante del viaje fotográfico es la idea del reencuentro. Da lo mismo viajar al fin del mundo que a treinta kilómetros de tu casa. Lo importante en mi opinión es la idea de reconocer, no de descubrir. Las imágenes que realmente nos importan están ya dentro de nosotros desde la infancia o la juventud. Cuando fotografiamos algo y ese acto fotográfico nos emociona (no el visionar el resultado sino la propia toma de la imagen) es como si estuviéramos dando forma a una imagen que ya tenemos dentro.
Simplemente deambulamos por el mundo buscándolas. O como decía Julio Llamazares: vamos recogiendo esas imágenes desperdigadas para incorporarlas a una caja imaginaria donde guardamos nuestras fotos de familia y nuestros recuerdos. Esa idea me interesa mucho: es un camino de ida y vuelta. Y diría, sin querer ponerme demasiado profundo, que es algo que tiene que ver con lo vernáculo y en cierto sentido con lo telúrico, con la raíz, con la vuelta a la tierra, al origen.


Jose Manuel Navia, [via http://www.quesabesde.com/noticias/jose-manuel-navia-entrevista,1_8586]

El rastro de una estrella


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Marla Frazee.
Stars. Beach Lane Books, 2011



¿Has visto? Justo cuando la estaba cerrando una estrella ha cruzado todo el cielo!
Así es que aprisa, aprisa, ¿qué pedimos? (No tengo ningún deseo preparado, ¿se te ocurre algo?)
¿Cómo lo formulaste, entonces? "Que nos ayudemos mutuamente a ser lo que somos y quienes somos."



David Grossman, Tú serás mi cuchillo. Seix Barral, 2005